Maya está buscando su camino como escritora, escribir es parte de su naturaleza. Halia sigue dando vueltas por la ciudad, cumpliendo con sus instintos, es su chispa natural.
La noche que se encuentran las luces de la ciudad se hacen más brillantes;...
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Esa mañana casi me da un infarto.
En algún momento de la tarde entre el café, el sol y la charla nos dejamos llevar por el sueño y nos quedamos dormidas sobre la hierba, apoyadas en el hombro de la otra.
Por la mañana lo que despertó a Halia fue mi muy —pero muy— penoso grito.
Nunca he sido muy valiente, no me gustan las películas de horror, ni los lugares que supuestamente están embrujados, ni siquiera las fusiones de comida rápida. Así que al despertar con un ave picoteando mi cabeza la poca valentía que pude haber tenido se esfumó.
No me moví, simplemente grité como desquiciada al sentir algo halando y picoteando mi cabello.
Halia se levantó alarmada, pero no vio nada alrededor. Claro, porque la pequeña amenaza estaba sobre mi cabeza, buscando quién sabe qué ahí arriba.
Aunque en realidad la guacamaya no era ninguna amenaza, de hecho, era muy amigable, solo que yo estaba muy asustada y a veces mi lado más dramático salía a la luz.
—Mira qué linda guacamaya tienes ahí. —dijo al acercarse, ofreciéndole al ave su brazo como nuevo soporte.
Y así de sencillo, el ave se apartó de mi cabeza y se acomodó con gracia sobre el brazo de Halia.
La pequeña ave verde la acariciaba con su cabeza y sus alas.
—¿Nunca habías visto una guacamaya? –preguntó– Hay muchas en la ciudad.
—Sí, sí las había visto, pero volando… nunca sobre mí. Aunque esta parece muy pequeña.
La luz iluminaba cada punto del parque, las hojas brillaban con el rocío de la mañana, y la hierba bajo nuestros pies estaba húmeda. Aún se conservaba en el ambiente el suave frío de la madrugada.
Saqué el envase con la fruta de la noche —que milagrosamente no se había estropeado— y la pequeña Verde giró su pescuezo hacia mí, mirándome fijamente con sus lindos ojos.
—¿Quieres? — acerqué la taza con melón y fresa y en un movimiento enternecedor, movió sus patitas y se inclinó para tomar con su pico un trocito de melón.
Sonreí al ver cómo masticaba con fervor y movía sus alas en respuesta.
–Maya –me llamó. Su mirada era muy intensa. Parecía estar luchando por contener una sonrisa –¿Puedes tener piedad de mí? –la miré confundida– Si eres tan linda me puedo morir, ¿entiendes? ¿Acaso quieres que me muera?
–Y yo pensando que era dramática… –reí.
Seguí alimentando a Verde e ignorando la mirada de Halia sobre mí. Ya estaba suficientemente sonrojada en ese momento, si la encontraba mirándome así podría explotar de calor.
Halia levantó la mirada hacia las copas de los árboles, y me entró una duda sobre la pequeña ave.
—¿Crees que está sola? —pregunté al notar su expresión.
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—Mmm, no creo. Suelen estar en grupos. Si ella está aquí, debería haber más por el parque.
Nos mantuvimos en silencio, revisando con la mirada los árboles en busca de alguna compañera de la pequeña guacamaya, hasta que escuchamos el cantar sobre las ramas.
Allí estaban. Dos guacamayas más, del mismo verde que la que se sostenía en el brazo de Halia.
La pequeña aleteó y siguió a las más grandes, volando sobre el cielo azul de la mañana. Se fue y pensé en que habían muchas cosas bonitas en la ciudad en las que no me había fijado.
—Nunca me había pasado nada así, honestamente. —dije, apartando las ramas bajas de los árboles para pasar por el sendero que nos llevaría al parque de la ciudad, lleno de mascotas y niños disfrutando de la mañana.
—¿Qué, lo de la guacamaya u otra cosa que haya pasado aquí? —indagó con una sonrisa pícara a la vez que se acercaba moviendo los hombros en un intento de ritmo “sensual”, solo que se vio como una gallina aleteando sus alas.
Arrugué la nariz y la ignoré haciendo como que me fijaba en las piedras del camino.
–Pues… ¿ninguna? –contesté, aunque sonaba más como una pregunta.
–Bueno, la verdad es que me ofrezco para hacer cualquiera de las actividades que hicimos. Aunque a decir verdad, estoy más interesada en la que te haga sonrojar como tomate.
Abrí los ojos como platos y por poco me caigo –aunque eso no sería algo raro–. Sonrió con sus inmensos ojos azules sobre mí y solo pensé:
«Ay, qué guapa es»
Y luego al verla adelantarme y seguir caminando, un pensamiento mejor llegó a mi mente.
«¿Y si la beso?» Esa voz en mi cabeza estaba muy intensa. Pero entendía perfectamente la razón.
Cualquiera estaría con un cable cortocircuitando después de haber besado a una chica obsesionada con los animales, y que brilla como el sol, sobre todo, si te miraba de esa forma tan electrizante, como si verte fuese algo importante.
Me aclaré la garganta y seguí el camino, llegando a su altura. Se balanceaba de un lado a otro con las manos tras la espalda.
–¿Vas a hacer algo esta tarde?—preguntó casualmente.
Mi corazón martilleó en mi pecho con emoción. Se pasó los dedos por el flequillo y pensé que si me desmayaba ahí sería muy patético de mi parte, así que me calmé.
–No, la verdad es que el lado bueno del desempleo es que tengo mucho tiempo libre.
–Estaba pensando y… ¿Te parece bien si le pregunto a Dan si necesita a alguien nuevo en la fundación?
La miré con sorpresa, pensé que tal vez sería una broma o algo así, pero parecía decirlo en serio. Esperó pacientemente a que respondiera.
—Pero yo no sé nada de animales… Lo único que sé hacer es escribir, y no creo que me sirva de mucho allí.
—Es solo si quieres, claro.—aclaró casi saltando sobre mí— No creo que te ponga a cepillar a los perros ni nada por el estilo.
–Pues… entonces sí, me parece bien. —confirmé con una risa.
El fuerte sol mañanero iluminaba la salida hacia el parque cayendo sobre nosotras, pero sobre todo sobre Halia, marcando el suave rubor sobre sus mejillas,
–Perfecto. ¿Puedo pasar por tu casa más tarde? ¿Crees que a Mateo le moleste?
–Créeme que no le molesta para nada. –Si ya quiere que nos casemos y tengamos cinco gatos, pensé– ¿Y qué…? –me entró una tos nerviosa de repente. – ¿Qué vamos a hacer en mi casa?