4✨ (Parte II)

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Mi mirada giró lentamente en dirección al perfil del chico que conducía a mi lado. Me sentí diminuta. Completamente pequeña y casi inexistente en comparación al aura tan feroz, buena y electrizante de André. Él conducía con el cristal abajo, la brisa ponía a danzar sus cabellos rebeldes y acariciaba su rostro, y sentí envidia de la misma... Quería poder deslizar mis dedos por sus mejillas con barba incipiente y rememorar lo que es ser maleable ante su tacto. Pero en cambio, yacía yo sobre mi asiento, con mi pierna izquierda flexionada bajo mi muslo diestro, mi codo sobre mi rodilla y mis azulejos puestos sobre él, que cantaba firmemente el inicio de Closer. Yo sonría discretamente, pues no quería darle el lujo de poder afirmar que una chica más sonreía con sus ocurrencias. Sin embargo, en mi cabeza no podía dejar de preguntarme qué exactamente era lo que le recordaba a mí en la canción que actualmente escuchábamos.

Bite that tattoo on your shoulder.— Cantó observándome con una pequeña sonrisa en los labios, una ceja elevada y palmeando su propio hombro al hacerlo. Fue allí cuando todo cobró sentido, y no pude no sonreír porque también deseaba sentir sus labios sobre mi hombro... Sobre mi marca. Y sí bien aquella era pura, netamente celestial... No podía dejar de fantasear con los deslices enteramente mortales como lo era un hombre esculpido por dioses mordiendo, besando y colonizando aquellas figuras plasmadas eternamente en mi piel.

El camino fue relativamente corto, pues entre cigarros y canciones blasfemadas por voces como las nuestras, casi fue imposible notar el momento en el que su auto se detuvo y el suave ronroneo de su motor dejó de ser audible. Inhalé profundo, organizando ideas en mi cabeza. De repente el silencio pacífico del bosque, me ensordeció y cultivó en mi corazón la duda. El verdadero motivo por el cual estaba llevando acabo esto, y es que aunque no quisiera admitirlo, mi corazón, enteramente, anhelaba flameante el obtener algo bueno de él. Quizá... Sólo quizá salvarnos mutuamente era una opción.

—¿Te bajas o tomo las fotografías por ti, nena?— Cuestionó abriendo mi puerta. O tal vez salvarnos no era una opción. Tras desabrochar el cinturón, con mi mochila bajé del auto. Entrecerré los ojos dejando que los mismos se acomodaran a la oscuridad de la noche, cosa que se vio interrumpida por la linterna del teléfono celular del sujeto a mi diestra. No tardé en fulminarlo con la mirada, y él apagó la linterna en un segundo.

—Quiero que mi sesión sea lo más natural posible. No quiero iluminación de ningún tipo más que la del flash de mi cámara y la luz proveniente de la luna.

—¿Quieres que sea natural? Tal vez deberíamos quitarnos la ropa... Quiero decir... El cuerpo en desnudez es parte de la naturaleza.

—Y sí bien el cuerpo en desnudez es arte, no quiero tener pesadillas esta noche con tus pobrezas, así que no. Conserva tú ropa, yo conservaré la mía.— Puntualicé decidida y empecé a adentrarme en la espesura del bosque. Sonidos de grillos, las copas de los árboles meciéndose y quejidos de André era todo lo que podía percibir en el bosque.

—Desire, creo que nos va a salir algún animal sí continuamos sin una linterna por el camino.

—Y tú que te ves tan temerario.— Negué sonriendo justo cuando no podía creer lo que aparecía en su campo visual con tanta majestuosidad. Como atraída por un imán, caminé grácilmente en dirección al claro escondido entre tanta maleza. Con mis manos aparté los arbustos, ramas y hojas que se interponían en el camino, y finalmente, llegué a mí objetivo. Desde el claro, me era posible contemplar montañas, una laguna y la hermosura del cielo que se extendía sobre nosotros como un gran lienzo pintado por Van Gogh.

—Rayos... Es hermoso... Por eso te traje aquí.

—Apuesto a que no sabías siquiera que esto existía.

          

—Apuesto a que me debes una.

Reí con suavidad, depositando en el piso la mochila que hubo estado aferrada a mis hombros y espalda durante el camino. De ella saqué un trípode, mismo que acomodé firme sobre el piso, y posteriormente, sobre el trípode, acomodé mi cámara. —¿Cuándo planeas disculparte por haber pateado mi cámara? — Cuestioné repentinamente mientras la encendía y realizaba los ajustes necesarios para que la imagen luciera perfecta, nítida, de ensueño.

—Lo lamento, nena... Ese ha sido un día de mierda. Aunque verte enseñarme el dedo de en medio mientras fumabas me hizo saber que tenía que volver a encontrarte en el pasillo.

—André... André... Cierra la boca y usa tú teléfono para algo productivo. Entra a YouTube y pon Open de Rhye. Repítela cuantas veces sea necesario mientras inmortalizo esta magia en mi bebé.

—Sí señora.

Y con la canción, todo empezó a fluir amenamente. Ubicada detrás de la cámara empecé a presionar el botón mágico que capturaba increíbles cuadros. Empecé con las copas de los árboles fundiéndose en un cielo irreal, atestado de estrellas que brillaban intensamente pero no tanto como la luna llena que era cómplice de la situación. Con la palanca incliné la cámara hacía atrás y conseguí un cuadro que puso mi piel en guarda... El cielo de esa imagen lucía tan perfecto que me costaba concebir que había sido yo quien había capturado tal fotografía.
Conforme el tiempo avanzaba y tomaba con mayor seriedad mi rol como fotógrafa, me había despojado de mi abrigo y zapatillas deportivas para sentir mayor contacto con aquello que le permitía ser fotografiado: La naturaleza.

No me había despegado de la ventana que me mostraba el mundo de manera distinta, ni me había preguntado por André, sin embargo, el mismo apareció en mí panorama, de espaldas. Sabía que él estaba contemplando el lugar en el que estábamos y la magnitud del mismo. Los seres humanos difícilmente lograban dejarse inundar por el amor natural. Se creían dueños del universo cuando por mucho eran una pequeña partícula en la infinidad y lo vasto del cosmos.
Mi dedo, inquieto, empezó a capturar diferentes cuadros en diferentes ángulos, pero en todos, aparecía él. Cada imagen inspiraba respeto, belleza y nostalgia. Era arte en su estado más puro. Pero una, sólo una de ellas le hizo erizar la piel y electrizar el alma. Se podía contemplar un André impasible de perfil, tan perdido en sus pensamientos como un alma antiquísima que vagaba en preguntas existenciales o teorías e hipótesis sobre la creación de la vida misma como la conocemos.

—¿En qué piensas?— Cuestioné con voz de terciopelo, interrumpiendo por primera vez en minutos el silencio amistoso que reinaba en la atmósfera creada por nosotros.

—En la pequeñez e ignorancia del ser humano.

No por favor. No. No me hagas esto más difícil. Sólo... Regresa a ser un patán. No analices. No empieces a filosofar, sólo... Regresa al chico superficial que aparentabas ser.

—Wow... Entonces hay sí hay neuronas allí adentro... No es un mito.

Escucharlo reír evocó una sonrisa en mis labios mientras me erguía y dejaba de refugiarme tras la cámara. Él, con paso decidido, se acercó a mí. Sin que yo pudiese decir algo, su mano se presionó en mi espalda baja, y su mano libre tomó la mía. Con trabajo entendí que quería que bailáramos una de las repeticiones de la canción que hubo estado sonando durante toda la sesión fotográfica. Mis pies reaccionaron, y mi mano libre se posó sobre su hombro, empezando a mecernos etéreamente sobre el pasto.

—¿Por qué esa canción?— Cuestionó él, observándome con fijeza.

—Me brinda paz, me transporta a un cuento de hadas en un bosque.

—¿Qué hay en ti que me atrae tanto? Juro, como un demonio, que te vi antes. Que siempre te noté. Que te analizaba cuando te sentabas en la cafetería tras tú laptop a hacer lo que sea que estuvieras haciendo. Que te veía en el campus refugiada tras un libro descansando contra un árbol... Pero de esas veces, nunca quise tenerte tan cerca como lo quiero ahora. ¿Qué es? ¿Qué es lo que me hace necesitarte? Desire... Hay algo en ti, más allá de lo que puedo explicar, que me hace querer estar contigo.

—Sí, te di un bebedizo. Fui donde una bruja y me dijo que te lo diera para que te enamoraras de mí.

—¿Quieres que me enamore de ti?

—Dioses, no.

Sí, sí quieres.

Cállate tú.

—¿No?— Cuestionó con repentina decepción en la voz, y mi corazón se encogió con la misma.

—¿Quieres enamorarte? Digo... Ni siquiera sé porque hablamos de esto. Apenas y sé tú nombre.

—Según estudios científicos... Puedes enamorarte de alguien con 38 preguntas o una hora.— Tras afirmar ello, me giró entre sus brazos, y con su nariz, despejó mi hombro de los cabellos oscuros que lo cubrían. Un beso fue depositado sobre mi piel pálida. Posteriormente, sus labios se posaron sobre mi marca y de inmediato todo en mi vista desapareció.

Me encontraba en un nuevo escenario. Ya no habían árboles, ni una laguna, sólo un callejón vacío, un hombre moreno de alta estatura caminando por el mismo, encapuchado, y con la mirada clavada en el piso. Después, un par de hombres aparecieron al inicio y al final del callejón, cada uno empuñando un arma, y no tardaron en apuntar con las mismas en dirección al encapuchado. Cuando este al fin dejaba al descubierto su rostro, sentí que me arrebataron la respiración, reconociendo el hermoso rostro de André, perplejo ante cada revolver.

Mi cuerpo rápidamente saltó lejos de los cálidos brazos de mi acompañante y, de nuevo, me encontraba en el lugar donde había ido a tomar las fotografías para la clase. Jadeando, como si hubiese corrido una maratón, me giré sobre mis talones y encaré a André, mismo que me observaba completamente confundido. Parecía un cachorro que no procesaba lo que estaba ocurriendo... Ni siquiera yo misma comprendía que era lo que había ocurrido con ello. Antes, Adeline, Matthew e incluso Kate habían tocado mi marca, pero con ninguno de ellos había ocurrido algo siquiera similar.

—¿Qué sucede? ¿Te he incomodado? Lo siento tanto, nena... No pensé que fuera a incomodarte. Te juro que no buscaba propas...

—No... No ha sucedido nada. Vamos de regreso a la ciudad.

—Vamos, Deseo... Quedémonos un poco más.

Deseo, Deseo, Deseo... Que bien se oye de su boca... Deseo.

Shhht. Acabas de ver como la vida de André puede finalizar. Deja de pensar en tonterías.

—No... A casa.— A veces no lograba comprender como es que todo sucedía tan de prisa, o como yo lograba ocultar mis verdaderas emociones mejor de lo que pensaba.

—Mejor a mi departamento... Estoy solo allí. Ya sabes... Vivo en la fraternidad pero tengo un departamento para cuando lo ocupo.

—No, André. A mi casa.

—¿A tu casa? ¿Y estás sola?

—No es lo que quise decir. Déjame en mi casa y luego vete a donde te plazca.

—Que mandona, nena... Y eso sí que es excitante...

—Santa mierda. Vámonos ya, por favor.

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⏰ Last updated: ene. 25, 2017 ⏰

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6y ago

Cuerpos CelestesDonde viven las historias. Descúbrelo ahora