Día 2

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Me miré al espejo un poco más, y no pude sacar otra conclusión: me veía terrible. Ya me había duchado e incluso me había cambiado de ropa —el señor Johan me había dado un par de prendas que le habían pertenecido a su esposa, que ya fallecida —, y aún así me veía horrible. No tenía buena cara para el mal tiempo.
Cabía recalcar que la ropa no era horrenda. De hecho, la señora había tenido buen gusto.
Bajé las escaleras y fui a la cocina para comer un poco junto con los demás. Lo necesitaba, mi estómago estaba vacío. Después de la caída de anoche, casi me dieron ganas de vomitar. Al menos quería darle a mi cuerpo algo que pudiera sacar.
     —¿Cómo estuvo la revisión? —le pregunté al duende, ya que según nos dijo, la POT ya había dado un vistazo por esta calle. Gracias a nuestra gran suerte, lo habían hecho mientras nosotros nos encontrábamos en el Taller.
     —Muy rápida... aburrida. No lo hicieron con mucho empeño. Tal vez no les parecía muy posible que ustedes se hospedaran aquí, así que no les interese del todo —contó, sin despegar la atención de su galleta de jengibre tostada, que llevaba un poco de mantequilla untada —. Cuando terminaron, me entregaron un volante con un número de teléfono al que me pidieron llamar si los veía por algún lado.
Ty pareció atragantarse un poco con su comida, mas no tardó en recuperarse. Sabía que le podía mucho el que estuviéramos siendo boletinados, y yo no era la excepción. Tenía unas ganas imperiales de correr a la casa de mis padres y explicarles toda la situación, decirles que no era una criminal y que no había hecho lo que decían los periódicos.
     —Se harán famosos, sin duda —bromeó el sujeto, para tratar de levantarnos el ánimo.
     —Al menos de algo sí podemos estar seguros —espetó Ty, para luego levantarse de la mesa. El permanecer lejos de su familia comenzaba a afectarle, lo había empezado a notar. Siempre había sido muy apegado a sus padres y a su hermana pequeña, y esto ya comenzaba a ser muy duro para él. La incertidumbre de lo que les podía pasar mataba poco a poco.
     —Gracias por la comida. No hemos venido más que para molestar —dije, apenada.
     —Oh, linda, no digas eso. Me encanta tener visitas, y no las tengo muy a menudo. Además, por la comida ni te preocupes, que me vienen a entregar una canasta cada semana. No es mucho, pero es suficiente —me informó, con una sonrisa cariñosa.
     —Al menos sí se preocupan de alimentar a los retirados —solté, con un poco rencor en la voz.
     —Con eso me conformo, Chelina. Al fin y al cabo, si muero pronto, por fin podré estar junto a mi media galleta de jengibre —me dijo, con un tono que me transmitía todos los sentimientos que el pensarlo le evocaba.
     —¿Extraña mucho a su esposa, señor Johan?
     —Más de lo que te imaginas... la amaba mucho, era como mi mejor amiga. Después de las jornadas largas, cuando llegaba a casa exhausto, sólo necesitaba verla aquí esperándome para que sintiera que me devolvían la energía y el color suficiente para seguir —me compartió, con la mirada perdida en el techo —. Ella me brindaba la paz y ese respiro que todos requerimos de vez en cuando. Me permitía olvidarme de todo y causaba que mi corazón latiera muy rápido.
Me fue imposible no sonreír al escuchar sus palabras y la forma en las que las pronunciaba. La felicidad era contagiosa, y él me estaba contagiando la suya. Yo imaginaba que este tipo de situaciones hacían que la gente se hundiera en la tristeza y soledad, por eso me sorprendía cómo el señor Johan era el caso totalmente contrario; tal vez no se veía en el mejor estado, pero mantenía una sonrisa casi siempre.
     —Me habría gustado conocerla.
     —Ella era estupenda —suspiró, embelesado —. De hecho, aún recuerdo cuando la vi por primera vez: no llevaba más de un año trabajando. Yo era supervisor, y estaba muy contento porque había podido escalar a un puesto importante. Unas horas después de comenzar mi entrenamiento para mi nuevo puesto, noté cómo a lo lejos le enseñaban a ella cómo usar un trapeador sin provocar un desastre, pues ocupaba un lugar con los duendes de mantenimiento... Nunca había reído tanto en mi vida, te lo juro.
Solté una risilla cuando él lo hizo.
     —¿Cómo comenzaron a hablar?
     —Bueno, yo me acerqué unos días después. Como podrás imaginar, quedé maravillado con ella, y cuando nos hicimos amigos, la cosa no pudo marchar mejor. Pronto nos volvimos mejores amigos, desde jóvenes. Era linda, divertida, tenía coraje, y lo que más me fascinó es que veía las cosas de una manera distinta, de una mejor. Y eso se contagiaba, ¿sabes? A su alrededor brotaba una vibra de la cual quise formar parte. Supe en ese instante que quería permanecer junta a ella.
Ahora yo suspiré, mientras analizaba el rostro nostálgico del hombre. Parecía que estaba al borde de las lágrimas.
     —Ha de ser fascinante tener una historia tan bella como la de ustedes, señor Johan —le comenté, mientras recarga mis codos en la mesa.
     —¿Y qué me dices de Ty? —preguntó con una ceja alzada, en señal de picardía. Mis mejillas se calentaron.
     —Somos mejores amigos, sólo eso. Nos conocemos desde siempre, supongo que nos tenemos cierto cariño —respondí.
     —Ajá. ¿Y qué me dices de la forma en que te mira?
Mi ceño se frunció a más no poder. ¿De qué me estaba perdiendo?
     —No sé a qué se refiere... Él me mira de una forma normal —contesté tratando de sonar segura. Digo, lo estaba, ¿o no?
El señor Johan asintió incrédulo respecto a mi respuesta. Planeaba irse a la cocina, pero antes agregó:
     —Algunas veces los sentimientos son confusos, Chelina. Si el amor no fuera arriesgado, sería demasiado fácil.
Y así salió del comedor, dejándome con la cabeza hecha una tormenta.

Chelina ©Donde viven las historias. Descúbrelo ahora