Capítulo 4.

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Escuché como una voz infantil gritaba mi nombre ordenándome que abriese los ojos de una vez. Creí que soñaba despierta pero era real, estaba allí pero de algún modo también estaba en Bernaskell.

Estaba en el sofá de cuero que había en mi habitación, el que se encontraba a escasos metros de la chimenea, la cual se encontraba encendida pues aún con los ojos cerrados escuchaba como las llamas de comían la madera.

En aquel "sueño" una joven, de largos cabellos que evocaban el oro me hablaba, me llamaba, me gritaba. Esta tenía unas extrañas alas de ¿hierro? Sí, creo que era eso, de las cuales se veían pequeños cristales con forma de rombos y de colores.

—¡Némesis, despierta! —exclamaba una y otra vez, desde una mesita redonda en la cual se encontraba sentada junto a otra persona.

No podía ver bien a las presentes, pues a parte de no poder enfocar bien, una luz cegadora y cálida me impedía ver sus rostros. Su acompañante, por un segundo, me pareció similar a la joven... No. Eran idénticas, excepcionando su cabello. Pues el de la otra era azulado. Pero un reflejo, una luz, no sé bien qué fue, me hizo parpadear y volver a verla. Ahora, era una mujer de atuendos verdes, creo que era un vestido. Su pelo era mas largo y ya no estaba recogido en una coleta lateral, como la otra joven. Estaba suelto. Sus piernas estaban cruzadas, mostrando superioridad. Por un momento sentí inquietud, pero escuchar como aquella niña, porque estoy segura de que era menor que yo, reía, me dispersó.

—¿Qué pasa Némesis? Date prisa y vuelve. Auras y ánimas no se consiguen solas. Nadie desea una muerte prematura, eso sí exceptuando a aquellos que creen que ya no tienen vida. Pero sus auras no nos sirven de mucho, son débiles y Pandora las suele rechazar.

No entendía, como de costumbre, lo que se me decía. ¿Auras? ¿Muerte? Me ensimismé en aquellas palabras. Ambas jóvenes empezaron a reír. La menor, de cabellos dorados, estaba con los pies subidos a la silla mientras jugaba al ajedrez con aquella mujer. Mientras, ésta bebía una taza de té. Por la rosa, que tenía en la taza, deduje que posiblemente fuera té negro, pues la rosa lo era. Miré a todos lados. Por más que quisiera, no veía más allá de aquella mesa, aquel juego de ajedrez y aquellas jóvenes.

Seguían riendo y no me gustaba. Me cubrí los oídos con las manos tanto como podía para no escucharlas.

—¡Callad! —grité enfadada. No sabía por qué, pero estaba enfurecida.

Sin embargo ellas no pararon de reír hasta que una extraña figura oscura hizo acto de presencia. Era un hombre, eso lo tenía claro. Por muy borrosa que fuera la imagen, en sus manos vi una extraña mancha marrón, quizá fuera un libro, pues después escuché como algo se cerraba y emitía un sonido hueco y apagado, no sé cómo describirlo. En fin, sonaba a libro cerrado.

—Basta ya, dejadla en paz. —Escuché una voz joven, no sabría deciros edad, es imposible con esos datos. Por la forma en la que me defendió, aparentaba ser amable. Pero, ya sabemos lo que dicen de las apariencias ¿verdad? Engañan.

Ambas jóvenes guardaron silencio. Parecía que se conocían y, más claramente, parecía que se guardaban respeto mutuo. Aquel individuo se acercó en pasividad, mientras todo empezaba verse aún más borroso.

—Tienes que tener cuidado. Si no vuelves pronto, ellas y las demás irán a por ti. —Por alguna razón sus palabras sonaron desafiantes, irónicas; desconfiaba— Él no será de confianza.

Su voz fue desapareciendo y con ello la imagen que tenía de ellos. Quería gritar, llamarles, pero no sabía sus nombres. No los conocía y más importante aún: no podía hablar. Cuando desperté, vi a Macius frente a mí. Estaba colocando un juego de té nuevo, no era el de siempre. Pero esta vez había más tazas, más platos y más de todo. Giré la cabeza levantándome lentamente. Corría aire y eso era porque la puerta que conducía a la gran y amplia terraza estaba abierta y allí, Khalius. Apoyado contra la pared, suspiraba una y otra vez; parecía deprimido, y no sabía por qué. Es mas, ni lo quería saber.

—Valla, ya ha desertado Señorita —confirmaba Macius, mientras terminaba de colocar las cucharillas.

Como de costumbre, su actitud era rígida, su mirada inexpresiva y no mostraba sentimiento al hablar. Vacilé un instante en silencio y me llevé la mano a la cara para tapar así la mitad de esta.

—¿Dónde estoy? —tartamudeé un poco, al preguntar aquello.

Me dolía la cabeza, era como si mis pensamiento y mis neuronas hubieran organizado una fiesta en honor a mi, aparentemente, poca capacidad de entender y asimilar todo lo que me decían y ocurría. Mark le dirigió una mirada a Khalius, el cual se había percatado, también, de que ya había despertado. Su mirada expresaba frialdad, no sabía si hacía a mi, o por algo que le hubiera ocurrido, tampoco me importaba.

—Aún sigues en la mansión Bernaskell —contestó Khalius a mi pregunta mientras se acercaba.

Tenía las manos entrelazadas tras la espalda y su cabello hecho una trenza a un lado. Me sorprendió, normalmente lo veía cayendo en cascada. Ahora iba más arreglado. Vestía un hermoso esmoquin de cola blanco, al igual que sus zapatos. Una pajarita negra, adornaba su cuello y en un bolsillo superior, el cual se situaba en su pecho derecho, tenía enganchada una rosa, roja cual sangre. Ladeé la cabeza levantándome del sofá, me restregué los ojos y me puse en situación: era verdad. Seguía allí.

—Ya veo, fue un despiste —contesté finalmente.

Alguien tocó repentinamente la puerta. Para mi no fue nuevo, ya había escuchado sonar puertas antes. Pero para Khalius y Macius, aquel "toc-toc" tan común fue como si no lo hubieran escuchado antes.

Dirigieron una mirada rápida y directa a la puerta, disimulando nervios.

—Lord Bernaskell. El invitado y la señorita ya han llegado. —Era una joven sirvienta, no tendría más de 21 años. De cabello corto, rizado y color rubio pajizo, mientras que sus ojos eran de color miel. Tras darle el comunicado, hizo una leve reverencia y se retiró cerrando la puerta.

Khalius y Macius se dedicaron una mirada algo preocupante, a la par que me sujetaban del brazo para darme ciertas indicaciones de quienes eran los invitados y qué debía o no hacer. Todo, como siempre,extraño. ¿Quiénes serían aquellas visitas? ¿Serían importantes? ¿Por qué debía estar presente?

La puerta se abrió.

Proyecto Pandora: Bienvenido al Pandemonio.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora